viernes, 25 de julio de 2014

REFLEXIÓN DEL DOMINGO 27 DE JULIO

XVII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A
Domingo 27 de julio de 2014

· Mt. 13, 44-52·

PUEDES ESCUCHAR ESTA REFLEXIÓN AQUÍ:


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra.
También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.
¿Han entendido todo esto?» Ellos le contestaron: «Sí». Entonces él les dijo: «Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas».

DISPUESTOS A DAR TODO PARA RECIBIR EL REINO EN PLENITUD
           
            En el evangelio de este domingo, san Mateo nos permite contemplar a Jesús predicando tres parábolas más sobre el Reino de Dios. Considerando los últimos dos domingos en los que también hemos escuchado de Jesús la descripción del Reino a través de parábolas, podemos preguntarnos: ¿Por qué es tan importante para Jesús decirle a los hombres de todas las épocas las particularidades del Reino de su Padre?
            Para contestar esta pregunta, es necesario primeramente tomar en cuenta que Jesús no hizo aquí en la tierra otra cosa más que cumplir cabalmente la voluntad del Padre. Y la voluntad del Padre en su más sublime expresión es la salvación integral y definitiva de los hombres, porque lo único que busca respecto al hombre es salvarlo y liberarlo totalmente de todo aquello que pueda destruirlo.
            Y ese es precisamente el fin último del Reino de Dios, ser realidad salvífica, por así decirlo, un “lugar” privilegiado en donde el Creador y el hombre se encuentren y se amen. Sólo como ciudadanos del Reino de Dios, los hombres podrán encontrar el sentido pleno de su existencia y las condiciones ideales para alcanzar la plenitud de su ser, su vocación más alta: ser santos.
            El Reino de Dios no es conquista, es don, es regalo gratuito entregado por Dios al hombre, es realidad misteriosa que transforma desde la raíz toda experiencia humana y la endereza para que ayude a la salvación. El Reino de Dios para quien lo encuentra, no es un valor  relativo, no depende de consensos meramente humanos o terrenos, no, el Reino es un valor absoluto, por el cual vale la pena renunciar a todo lo que se tiene.
            Esa es la principal idea de las parábolas del tesoro escondido en el campo y de la perla de gran valor. Nada es más importante que obtener ese tesoro y esa perla, porque su valor colma todas las expectativas y anhelos, satisface plenamente las esperanzas guardadas en el corazón al punto de restar valor a todo lo demás, porque si se posee ese tesoro, si se posee esa perla, se posee todo.
            El signo más claro del valor absoluto del Reino de Dios y de su hallazgo verdadero, es la alegría, alegría que entusiasma de manera permanente a quien la experimenta, moviéndolo a hacer grandes obras. Muchos han encontrado ya ese tesoro escondido y esa perla de gran valor, unos de una manera fortuita como el campesino que encontró el tesoro y otros buscando minuciosamente como el comerciante de perlas finas. De ellos podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que en la experiencia del Reino, de su hallazgo y de su vivencia, no dejan de gozar la alegre novedad de su bondad y la antigua promesa hecha realidad.
            El Reino de Dios esta más cerca de lo que pensamos, porque su semilla ha sido esparcida a manos llenas por el divino sembrador en el mundo entero. Lo único que falta son buscadores incansables, intrépidos aventureros que no tengan miedo de entrar en su interior, para encontrar ahí la semilla de este Reino glorioso. Se necesitan hombres y mujeres que se atrevan a comprometerse con la causa de Cristo, y realicen permanentemente el bien en medio de un mundo que únicamente se ama así mismo.         Se necesitan ciudadanos del Reino que habiendo encontrado ese tesoro invaluable, lo entreguen todo para recibirlo todo y aún más, porque su felicidad será tan grande que se podrá compartir con todos los que los rodean impregnándolos de un sentido nuevo para sus vidas. Se necesitan verdaderos cristianos que de la abundancia de su tesoro saquen cosas nuevas y cosas antiguas para transformar la realidad de este mundo que sufre y grita de dolor.

            Pongámonos en manos de Dios y pidámosle que nos muestre su voluntad en cada momento de nuestra vida y que llenos del Espíritu Santo podamos ser junto al Señor Jesús predicadores incansables de su Reino, sobretodo con nuestras buenas obras, esas obras buenas que el nos inspira.

¡Alabado sea el nombre de Jesús!

viernes, 18 de julio de 2014

REFLEXIÓN DEL DOMINGO 20 DE JULIO

XVI Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A
Domingo 20 de julio de 2014

· Mt. 13, 23-43·

PUEDES ESCUCHAR ESTA REFLEXIÓN AQUÍ:


En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la muchedumbre: «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras los trabajadores dormían, llegó un enemigo del dueño, sembró cizaña entre el trigo y se marchó. Cuando crecieron las plantas y se empezaba a formar la espiga, apareció también la cizaña.
Entonces los trabajadores fueron a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, salió esta cizaña?” El amo les respondió: “De seguro, lo hizo un enemigo mío”. Ellos le dijeron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Pero él les contestó: “No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha y cuando llegue la cosecha, diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla; y luego almacenen el trigo en mi granero”».
Luego les propuso esta otra parábola: «El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre siembra en un huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece, vendrá a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas».
Les dijo también otra parábola: «El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar».
Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin parábolas nada les decía para que se cumpliera lo que dijo el profeta «Abriré mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo». Luego despidió a la multitud y se fue a su casa. Entonces se le acercaron sus discípulos y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo».
Jesús les contestó: «El sembrador de la buena semilla es el Hijo del hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los ciudadanos del Reino, la cizaña son los partidarios del maligno, el enemigo que la siembra es el diablo, el tiempo de la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. Y así como recogen la cizaña y la queman en el fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que arranquen de su Reino a todos los que inducen a otros al pecado y a todos los malvados y los arrojen en el horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de mi Padre. El que tenga oídos, que oiga».

LLAMADOS A SER CIUDADANOS DEL REINO EN CAMINO
           
            En el evangelio de este domingo, seguimos escuchando la narración de san Mateo sobre los misterios del Reino. Como en todo el evangelio, Jesús es el protagonista principal y el tema por excelencia es el Reino de Dios. Hoy, la atención del Señor, en continuación con el evangelio del domingo pasado y del próximo, se centra en la predicación del Reino de Dios, a través de parábolas.
            Su predicación es una predicación viva e interesante, no es para nada monótona y gris, sino al contrario, las palabras que Jesús dirige a sus oyentes cautivan, sorprenden y desconciertan, y lo más importante despiertan la fe.
            En palabras del Señor, el Reino de Dios es como una semilla buena que germina al lado de una semilla mala sembrada por el enemigo, es también como la diminuta semilla de mostaza, que aún siendo tan pequeña, guarda en su interior el vigor necesario para despertar la esperanza de un exuberante y sólido crecimiento que al final da cobijo y seguridad, además el Reino es como una pequeña porción de levadura que posee la capacidad natural de fermentar una gran cantidad de masa.
            La predicación de Jesús no es una predicación engañosa y tramposa, porque no dice aquello que la gente quiere escuchar, sino al contrario, su intención siempre es recta y consistente: Es preciso revelar la voluntad salvífica del Padre a los hombres, en una palabra, es necesario revelar los misterios de salvación “ocultos desde la creación del mundo”.
            Jesús no subestima a sus oyentes, sino que reconoce en todos, corazones dispuestos para que sea sembrada la semilla del evangelio, una semilla que ayudada por la gracia de Dios crecerá y dará fruto abundante. Su labor salvadora, incluye también el desenmascaramiento de los agentes del mal, que siembran semilla mala junto a la preciosa semilla del Reino de Dios.
            Así, la realidad actual, como la antigua, es el resultado de una historia que incluye al mal creciendo a la par del bien, es una historia que en Jesús, tiene un desenlace alentador: el mal y sus partidarios serán al fin reducidos y aniquilados, y la justicia del Reino dará a cada uno según sus obras. Sin embargo, esta revelación, más que inquietarnos debe llenarnos de esperanza; no porque Dios sea revanchista y en vez de justicia, cobre venganza contra sus enemigos, no, sino porque su juicio, viene acompañado del tiempo prudente, del tiempo antes de la siega definitiva.
            En cuanto al exterminio de la cizaña, toda precipitación desesperada es frenada por Dios: «“¿Quieres que vayamos a arrancarla?” “No. No sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo». Así, la tolerancia divina del mal, no es por el mal mismo, sino por aquellos que son semilla germinada del Reino de Dios. El tiempo actual es oportunidad para “buenos” y “malos”, es oportunidad para ensanchar el corazón y despojarnos de toda semilla mala, es oportunidad de conversión y gracia, es oportunidad de misericordia y solidaridad.
            Nuestra fe y nuestro esfuerzo continuo de conversión son las herramientas que junto con la gracia divina se nos otorgan para edificar cotidianamente el Reino de Dios en el mundo. Todo esto siempre con la firme convicción de que nuestra religión no se mide por el rigor de su perfección moral, sino por la amplitud de su misericordia. Estamos pues llamados a convertirnos en hombres y mujeres que sean ciudadanos del Reino de Dios, pero no “acabados” y “perfectos”, sino conscientes de que todavía hay mucho camino por recorrer, camino en el que contamos con la paciencia divina que se traduce en una amplia posibilidad para la conversión y la fidelidad.
            Pidámosle a Dios nuestro Padre que iluminados por la gracia del Espíritu Santo, tomemos en serio nuestro papel en la historia de nuestra propia salvación y que aprovechando al máximo la semilla del evangelio que el Señor Jesús nos comparte, podamos ser auténticos signos de una realidad nueva y mejor presente ya en el mundo y que es sin lugar a dudas es el Reino de Dios.

¡Alabado sea el nombre de Jesús!

domingo, 13 de julio de 2014

REFLEXIÓN DEL DOMINGO 13 DE JULIO

XV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A
Domingo 13 de julio de 2014

· Mt. 13, 1-23·

PUEDES ESCUCHAR ESTA REFLEXIÓN AQUÍ:




Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que El se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:
«Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga».
Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» El les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aún ese poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.
En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: “Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que Yo los salve”.
Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.
Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.
Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta  inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.
Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto. 
En cambio, lo sembrado en tierra buena, representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos el ciento  por uno; otros el sesenta; y otros el treinta».


SER BUENA TIERRA SÓLO PARA LA BUENA SEMILLA

            El evangelio de este domingo tomado del relato según san Mateo, nos permite contemplar a Jesús enseñando a la gente. Para nosotros no es raro entender el gran interés que la gente tenía en escuchar al Señor en todo lo que decía y además acudir en masa a los lugares donde se encontraba, sin embargo para cualquier persona de esa época Jesús era un hombre misterioso que hablaba con autoridad en nombre de Dios, utilizando complejos ejemplos sacados de la vida cotidiana llamados «parábolas».
            En este evangelio escuchamos la parábola del «sembrador», que trata sobre la disposición de los hombres para recibir la palabra «del Reino». Ante el cuestionamiento de sus discípulos, el Señor Jesús deja una cosa clara: Existe una franca oposición a Él y al Reino de Dios, que se traduce en una indiferencia suicida que impide a los  hombres tener deseos de conversión y de salvación.
            No se trata solo de ser «buena tierra» para «cualquier semilla» que nos sea lanzada para que germine en nuestro interior, sino de ser única y exclusivamente «buena tierra» para la «buena semilla» que viene de Dios.
            En otras palabras, es estrictamente necesario que despertemos del sueño ingenuo del engaño que el mal nos ofrece a cada momento. Porque en repetidas ocasiones sin que nos demos cuenta, recibimos y aceptamos mensajes, ideas, costumbres, palabras, e imágenes que con apariencia de bien, son nocivos para nosotros y como verdaderos parásitos se anidan en nuestra mente y sobre todo en nuestro corazón, manteniéndonos encapsulados en una confusa e incoherente realidad en la que el mal parece ser lo más normal y hasta aceptable, una realidad en la que lo noble y bueno es ingenuidad y tontería y en la que los valores se invierten dando paso libre al egoísmo, a la violencia, a la indiferencia y al abandono de todo lo que represente Dios. 
            A pesar de este desalentador panorama, Jesús es respuesta alternativa a todo lo que en la vida del hombre es esclavitud y perdición, su propuesta es remedio para la ceguera espiritual y la sordera existencial, es cura para la indiferencia religiosa y el destructivo divorcio entre fe y vida. Su palabra, ejemplo y presencia ahuyenta los nubarrones de la perdición humana y libera a quien lo encuentra, conoce y ama, de este cautiverio ilusorio y falso de la realidad que la maldad ha creado entorno al hombre de hoy en día.
            El evangelio necesita corazones blandos en donde reposar y dar fruto, corazones que estén ávidos de amor y ganas de amar verdaderamente. Dios nuestro Padre sabe perfectamente que existen muchísimos corazones así, y por eso no deja nunca de esparcir la semilla de su Reino aún en este tiempo que parece ser de los más oscuros de la historia humana.
            Pidámosle a Dios ese don, su palabra siempre presente en nuestras vidas, y junto con esto un corazón dispuesto para recibir lo que verdaderamente nos conviene: su presencia en nuestra vida. Pidámosle también oídos agudos para escuchar a su voz que grita con fuerza en la necesidad de los más débiles y desprotegidos y ojos sanos para ver sin maldad y contemplar las maravillas de su amor manifestadas en los milagros cotidianos de nuestro caminar.


¡Alabado sea el nombre de Jesús!