sábado, 19 de abril de 2014

REFLEXIÓN DEL DOMINGO 20 DE ABRIL

Domingo de la Resurrección del Señor, ciclo A
Domingo 20 de abril de 2014

· Jn. 20, 1-9·

PUEDES ESCUCHAR ESTA REFLEXIÓN AQUÍ:



El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró. En eso, llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.

LA FE EN LA RESURRECCIÓN INICIA EN LA CONTEMPLACIÓN
DEL SEPULCRO VACÍO.    

            Hoy, domingo de la resurrección del Señor, hemos llegado al culmen de la celebración de la semana santa. Toda la preparación que durante la cuaresma hemos realizado, encuentra su razón de ser y su objetivo más importante en la celebración de la resurrección del Señor.
            El misterio de la redención, es un solo misterio en tres diferentes momentos que la Tradición de la Iglesia y la Sagrada Escritura han ordenado en la forma que hasta ahora posee: Pasión-muerte y resurrección del Señor Jesús.  Este orden nos permite entender de una manera clara el camino que el Señor ha querido recorrer para salvarnos.
            Hoy la Iglesia se renueva en la celebración de la resurrección del Señor. De una manera única y diferente celebramos que Cristo ha vencido la muerte y con ello al pecado que esclaviza y hace infeliz al hombre. El evangelio que hemos escuchado, pone ante nosotros el relato del hallazgo del sepulcro vacío. La mente y corazón de los discípulos del Señor se encuentran todavía conmocionados por el acontecimiento de su crucifixión y muerte. El juicio se encuentra oscurecido por el dolor, la fe se ve atacada por dudas y la incertidumbre se hace presente, sin embargo el único sentimiento firme, la única realidad inconmovible es el amor por el maestro que fue injustamente condenado en la cruz.
            El amor es la más grande motivación para que María Magdalena y las otras mujeres fueran muy de mañana a visitar el sepulcro para completar la unción del cuerpo del Señor que quedó inconclusa por la prisa del viernes pasado. Sin embargo ante el sepulcro aparentemente profanado, la mezcla de incertidumbre y amor por el Señor, provocan un primer pensamiento de miedo y preocupación: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo habrán puesto”.
            La preocupación se transmite a Pedro y Juan que con prisa se dirigen al sepulcro para encontrarse con una realidad nueva e inexplicable. El cuerpo del Señor no está en el sitio donde había sido depositado, a pesar de eso, no es desolación lo que encuentran, sino el cumplimiento de una profecía anunciada por el mismo maestro: “Al Hijo del hombre, después de azotarle lo matarán; pero al tercer día resucitará” (cfr. Lc. 18, 31-34). Ante la contemplación del sepulcro vacío, los discípulos pasaron de la preocupación por el paradero del cuerpo del Señor, a la paz y sosiego de la fe en la resurrección.
            Creer que Jesús ha resucitado no es fácil, primeramente se necesita acallar en el interior la voz impertinente del afán racionalista que lo cuestiona todo y pide pruebas tangibles de lo sucedido, para dar paso libre al humilde abandono ante el misterio contemplado con el corazón. Tal vez es más fácil creer en la pasión y en la muerte en cruz del Señor, ya que son realidades tangibles y más cercanas a nuestra experiencia. Sin embargo hemos de recordar que nuestra existencia no se debate solamente en lo puramente material y humano, nuestra existencia como lo fue también la de Jesús como verdadero hombre, se encuentra ligada a una realidad divina que nos supera, que está más allá de lo que podemos imaginar y que se desenvuelve con igual realismo en nuestro caminar cotidiano.
            ¡Ha resucitado! Este es el grito que la fe pronuncia con fuerza en el interior del discípulo que Jesús ama. El sufrimiento padecido con abnegación y obediencia hasta el extremo ha cesado, el rigor de las burlas, el abandono y los clavos atravesando la carne, ha visto su fin y calla para siempre. La paz del sepulcro conteniendo el cuerpo inerte del Señor, se vuelve ahora paz verdadera que dice sin palabras: “Ya no está aquí, ya nunca volverá a estar aquí porque ha resucitado, ahora esta vivo”. El misterio de la salvación está ahora completo, porque el sufrimiento hasta el extremo ha dado paso a la muerte y la muerte ha sido vencida por la extraordinaria fuerza de la resurrección. ¿Qué es la vida cristiana, sino un continuo caminar junto a Cristo por la senda de este misterio sin igual? ¿Cuál es la labor de la Iglesia sino un siempre renovado anuncio de que Cristo nos ha salvado con su pasión, muerte y resurrección?
            El evangelio de este domingo es un fuerte llamado a contemplar junto a los discípulos el sepulcro vacío y a renovar nuestra fe en la resurrección del Señor haciéndola nuestra, de tal manera que la situación actual que estamos viviendo personal, familiar o comunitariamente, se vea iluminada por este gran misterio de amor. Porque si de una cosa nos habla el sepulcro vacío, es de que nuestra vida, no está destinada a reposar en una fría tumba, sino que por la gracia de Cristo, su verdadero destino es la resurrección a una vida que nunca se acaba y a la cual podemos acceder desde hoy a través de nuestra fe.
            Pidámosle a Dios nuestro Padre que nos ayude a que guiados por el don de piedad que otorga el Espíritu Santo, profundicemos con fe, el misterio de la resurrección de Cristo en este santo tiempo de la pascua que hoy ha iniciado, para que obtengamos de él provechosos frutos de santidad y paz.


¡Alabado sea el nombre de Jesús!