jueves, 28 de agosto de 2014

REFLEXIÓN DEL DOMINGO 31 DE AGOSTO

XXII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A
Domingo 31 de agosto de 2014

· Mt. 16, 21-27·


En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: "No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti". Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: "¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!"
Luego Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz, y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.
¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras".

INVITADOS A OPTAR POR JESÚS
           
            En el evangelio de este domingo san Mateo nos permite contemplar al Señor Jesús exponiendo las exigencias propias de aquellos que quieran seguirlo.
Las palabras del Señor a sus discípulos, transmiten un mensaje por demás inquietante, porque revelan que en esta ocasión la peregrinación hacia Jerusalén tendrá un final trágico, que será el culmen de una conspiración preparada por los jefes del pueblo de Israel contra Jesús.
            Y es Pedro quien llevándolo a parte trata de disuadirlo de entregarse a ese destino que le negaría la posibilidad de llegar a ser el Mesías ideal para muchos discípulos, un Mesías triunfador y aceptado por todos.
            La reacción el Señor ante tal propuesta es contundente, manda callar esa voz que le habla, porque no es Pedro quien le sugiere aquello, sino el tentador, aquel primer enemigo del plan de salvación querido por Dios. 
            La lógica del ministerio de Jesús, es la lógica del Reino de Dios, una lógica que no busca el camino fácil, cómodo y aparentemente conveniente, sino aquél que es el correcto, aquel que implica compromiso y sacrificio, aquel en el que por amor no se escatima en nada para cumplir cabalmente la voluntad divina: salvar a la humanidad entera.
            La propuesta del Señor es una propuesta auténtica y sincera, es una invitación a darlo todo para obtenerlo todo, es invitación a recorrer el sereno camino de la abnegación y la obediencia a la voluntad divina, que más que destruir a quien lo sigue, le otorga en plenitud aquello que Dios tiene preparado para quienes se esfuerzan día con día para serle fieles.
            Seguir a Jesús significa asumir su destino que esta marcado por el rechazo y la persecución, pero en el contexto personal de la cruz propia. Seguirlo es querer salvar la vida no por nuestros propios medios que son limitados e ineficaces, sino en la paradoja salvífica de perder la vida en una continua identificación con su manera de vivir.
Porque es también importante que recordemos que el camino de la cruz que Jesús propone a todos los que queremos seguirlo, es un camino que no tiene como meta el sufrimiento en sí mismo, sino que su meta última no es otra que la resurrección, es decir la vida eterna.
            El evangelio de este domingo es un fuerte llamado a que en nuestra vida cotidiana optemos por Jesús y gastemos y desgastemos nuestra vida en actuar según el evangelio. Porque un verdadero discípulo cristiano se reconoce cuando echando mano de su amor a Dios, es capaz de someter su propia voluntad a la voluntad bondadosa y llena de misericordia del Señor y de esta manera ser su imagen viva y palpable en medio del mundo.
            Porque la presencia de Dios en el tiempo actual también se puede percibir en el diario vivir de una multitud de personas que atendiendo al llamado del Señor se esfuerzan día con día en negarse a sí mismos, tomar su cruz y seguir fielmente a Jesús. Al considerar esto podríamos preguntarnos: Y yo ¿hasta que punto amo a Dios? ¿hasta que punto soy capaz de seguir verdaderamente al Señor? ¿Cuál es mi cruz personal?
            Pidámosle a Dios nuestro Padre que iluminados por esta palabra que hemos recibido y con la fuerza del Espíritu Santo, podamos responder positivamente a este llamado que el Señor Jesús nos hace: seguirlo fielmente llevando junto a él nuestra cruz de todos los días, para así ser verdaderos discípulos suyos, discípulos que hagan brillar el amor de Dios ante todos aquellos que los rodean.


¡Alabado sea el nombre de Jesús!

sábado, 9 de agosto de 2014

REFLEXIÓN DEL DOMINGO 10 DE AGOSTO

XIX Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A
Domingo 10 de agosto de 2014

· Mt. 14, 22-33·

PUEDES ESCUCHAR ESTA REFLEXIÓN AQUÍ: 


En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: «¡Es un fantasma!» Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: «Tranquilícense y no teman. Soy yo».
Entonces le dijo Pedro: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua». Jesús le contestó: «Ven». Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: «¡Sálvame, Señor!» Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».


FIRMES EN LA FE E INCONMOVIBLES EN LA ESPERANZA DE CRISTO
           
            En el evangelio de este domingo, san Mateo nos permite contemplar al Señor Jesús obrando el sorprendente milagro de caminar sobre las aguas. En el ejercicio pleno de su autoridad como maestro, el Señor, ordena a los discípulos embarcarse hacia la otra orilla del lago, mientras Él despide a la gente y cumple su cita habitual de encuentro y oración con el Padre, cita que fue interrumpida por la muchedumbre de la cual se compadeció hasta el punto de alimentarla multiplicando los panes y los peces.
            Este pasaje del evangelio está lleno de un rico simbolismo que nos ayuda a contemplar a Jesús plenamente humano y plenamente divino, además de la respuesta del hombre ante esta realidad.

            El mar y las tempestades marítimas, son en el pensamiento hebreo, símbolo de caos, confusión y ausencia de Dios. Y es a esta situación angustiosa a la que se enfrentan los discípulos al navegar a través del mar de Galilea. La barca es también un fuerte símbolo de la Iglesia, que navega a través del impredecible mar de los siglos para encontrar puerto al final de los tiempos.

            Bajo esta perspectiva “la barca de la Iglesia” siempre está expuesta a los vientos contrarios, vientos de los cuales a veces parece ser imposible librarse.  Persecuciones, calumnias, rechazo y crisis de fe, son esos vientos contrarios que azotan la barca que resguarda en su interior a los elegidos por el Señor. De todas estas contrariedades la que es más destructiva para la comunidad de discípulos es la crisis de fe.

            En el momento más oscuro de la travesía de la barca de los discípulos, Jesús aparece. Todo parece perdido, de tal manera que ante la tempestad que se enfrenta, el miedo nubla la mente y acobarda el corazón, cundiendo el pánico a tal punto que la presencia prodigiosa del Señor Jesús, es confundida con la de un espectro venido del más allá. En tal situación la autoridad del Señor nuevamente se impone ante las leyes naturales dejando clara evidencia de que Él ejerce un poder extraordinario sobre los elementos que él mismo ha creado. Y entonces el milagro ocurre: Jesús camina sereno hacia la barca de sus discípulos sobre las aguas agitadas.

            Por su parte san Pedro representa al discípulo elegido, confiado al principio pero imperfecto en su fe, discípulo que emprende el camino guiado por Jesús pero que al sentir la fuerza de las contrariedades, éstas le hacen perder de vista al Señor sucumbiendo ante las aguas que parecen tragárselo.

            Aunque parezca trillada la frase, es necesario seguir afirmando que Jesús siempre salva. Y salva porque tiene el poder y la voluntad para hacerlo. Ante cualquier dificultad la comunidad de discípulos y cada discípulo en particular debe mantenerse siempre con la firme esperanza de que el Señor viene en su ayuda. Cuando la fe flaquea, cuando se encuentra cercada por numerosas dificultades y es puesta en tela de juicio, es cuando debe reforzarse en cada uno la firme convicción de la asistencia del Señor provocada por su palabra: “Soy yo ¡No teman!”

            Tener fe significa aceptar como una verdad inconmovible, que el Señor nos salva y lo hace con poder y sin escatimar en nada, porque nos ama y quiere nuestro más perfecto bienestar. La Iglesia, en cada uno de sus miembros, sentirá siempre los vientos impetuosos que la querrán hacer sucumbir, y por eso es necesario que se reafirme continuamente en su fe y en la seguridad que le da la convicción de que el Señor es su única salvación.

            El evangelio de este domingo es un fuerte llamado a tener fija la mirada en Jesús, excluyendo cualquier resquicio de duda. Es también un llamado a ser humildes y a confiar totalmente en Dios, excluyendo cualquier indicio de desesperación y miedo. Es un llamado a renovar nuestra fe en Jesús, reconociéndolo como el Hijo de Dios, aquel que nos conviene seguir y con el cual es necesario mantener una permanente relación de confianza y amor.

Pidámosle a Dios nuestro Padre que nos otorgue la gracia del Espíritu Santo, para que en todo lugar y circunstancia podamos mantenernos firmes en la fe e inconmovibles en la esperanza de Cristo.


¡Alabado sea el nombre de Jesús!

sábado, 2 de agosto de 2014

REFLEXIÓN DEL DOMINGO 3 DE AGOSTO

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A
Domingo 3 de agosto de 2014

· Mt. 14, 13-21·

PUEDES ESCUCHAR ESTA REFLEXIÓN AQUÍ:


En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos.
Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer».
Pero Jesús les replicó: «No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer». Ellos le contestaron: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados». Él les dijo: «Tráiganmelos». Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.

“DENLES USTEDES DE COMER”
           
            En el evangelio de este domingo hemos escuchado la narración de la primera multiplicación de los panes que Jesús realizó para alimentar a la muchedumbre que lo seguía.
            Bajo la perspectiva de los profetas del Antiguo Testamento, la multiplicación del alimento realizada por el poder divino es un signo indiscutible de la inauguración de los tiempos nuevos, de los tiempos mesiánicos, de los tiempos de la salvación. Y es que los milagros no son para contemplarlos con asombro agotándolos en su sentido y significado, son más bien signos que encuentran su razón de ser en la revelación de realidades transformadoras que están iniciando.
            Jesús multiplica los panes para alimentar a todos aquellos que lo siguen, sin embargo el  sentido de este milagro va aún más allá. La voluntad divina se revela de manera plena en toda acción que Jesús realiza; todo en Él es signo de que Dios siempre actúa en la vida del hombre para su bien. Así podemos entonces descubrir que la voluntad divina es que el hombre viva y viva en plenitud.
            Y este deseo divino, no se puede cumplir más que en la opción libre y sincera del hombre de acercarse al Creador, prestándole atención y escuchándole, conociéndole, amándole y dándole gloria, y de esta manera participando en la alianza perpetua propuesta por Dios desde la antigüedad. En este intercambio entre Dios y el hombre, Jesús juega un papel determinante, porque Él es la respuesta a las más profundas interrogantes humanas, Él es el cumplimiento pleno de las promesas antiguas, Él es Dios mismo que encarnado y semejante en todo a nosotros, menos en el pecado, viene a nuestro encuentro y compadecido de nuestra necesidad y dolor se pone al servicio de todos y cada uno.
            Porque como bien afirma el apóstol san Pablo en la carta a los romanos (Rm 8, 35.37-39): Nada “puede apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús”. Y es que la preocupación del Señor por aquellos miles que lo seguían iba más allá de curar sus enfermedades y predicarles, además de esto, quería también alimentarlos.
            Al respecto podríamos preguntarnos: ¿No era de alguna manera exagerado el que después de brindarles todo el tiempo posible curando sus enfermedades, todavía se busque saciar el hambre que tenían? En la lógica del Reino de Dios podríamos decir que no, no era exagerada la actitud del Señor, porque la salvación que Dios quiere otorgarnos será siempre integral, nunca parcial. Por decirlo de alguna manera, Dios no se ocupa solamente de los síntomas de nuestras dolencias, sino de remediar completamente las raíces más profundas de lo que nos mantiene enfermos.
            Jesús no es la solución temporal de nuestras “hambrunas existenciales”, Él es el remedio eficaz y definitivo para todo lo que nos mantiene “desnutridos en el espíritu”.  Las hambrunas del tiempo actual son erradicadas por el Señor gracias a su poder, pero sobretodo gracias a su infinito amor por nosotros. Porque ¿quién no se ha sentido hambriento de respeto, hambriento de justicia, de paz, de libertad, hambriento de comprensión, de atención, de perdón, de reconciliación? Es más… ¿Quién no se ha sentido hambriento de amor, de ese amor que es verdadero y que nos hace sentir plenos y seguros?
            Es cierto, este mundo está hambriento, esta también hambriento de discípulos que habiendo sido alimentados por el Señor, y escuchando su mandato: “Denles ustedes de comer”, salgan de sí mismos venciendo las barreras de su propio egoísmo y alimenten con el alimento conveniente a todos aquellos que los rodean. Porque ese alimento conveniente y nutritivo es la presencia amorosa de Cristo, mostrada en la vida de quienes tienen fe, fe de la cual somos nutridos domingo a domingo en la mesa de la Eucaristía, mesa de la comunidad de discípulos.
            Esta mesa bendita nunca sufrirá desabasto, nunca estará vacía, porque la mantiene siempre abundante de dones divinos el amor infinito de Dios que se manifiesta también en la alianza que ha hecho con todos nosotros en el Señor Jesucristo. De esta mesa todos pueden tomar su alimento, pero no sólo para sí mismos, sino también para hacerlo llegar a más gente, a todos aquellos que se sienten abandonados, enfermos y hambrientos de Dios.
            Pidámosle a Dios nuestro Padre, que nos ayude a ser agradecidos con su infinita bondad y a responder al llamado de su Hijo Jesucristo, que nos pide alimentar con su presencia a todos los que nos rodean y que el Espíritu Santo nos impulse siempre en esa bendita tarea.

¡Alabado sea el nombre de Jesús!


viernes, 25 de julio de 2014

REFLEXIÓN DEL DOMINGO 27 DE JULIO

XVII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A
Domingo 27 de julio de 2014

· Mt. 13, 44-52·

PUEDES ESCUCHAR ESTA REFLEXIÓN AQUÍ:


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra.
También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.
¿Han entendido todo esto?» Ellos le contestaron: «Sí». Entonces él les dijo: «Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas».

DISPUESTOS A DAR TODO PARA RECIBIR EL REINO EN PLENITUD
           
            En el evangelio de este domingo, san Mateo nos permite contemplar a Jesús predicando tres parábolas más sobre el Reino de Dios. Considerando los últimos dos domingos en los que también hemos escuchado de Jesús la descripción del Reino a través de parábolas, podemos preguntarnos: ¿Por qué es tan importante para Jesús decirle a los hombres de todas las épocas las particularidades del Reino de su Padre?
            Para contestar esta pregunta, es necesario primeramente tomar en cuenta que Jesús no hizo aquí en la tierra otra cosa más que cumplir cabalmente la voluntad del Padre. Y la voluntad del Padre en su más sublime expresión es la salvación integral y definitiva de los hombres, porque lo único que busca respecto al hombre es salvarlo y liberarlo totalmente de todo aquello que pueda destruirlo.
            Y ese es precisamente el fin último del Reino de Dios, ser realidad salvífica, por así decirlo, un “lugar” privilegiado en donde el Creador y el hombre se encuentren y se amen. Sólo como ciudadanos del Reino de Dios, los hombres podrán encontrar el sentido pleno de su existencia y las condiciones ideales para alcanzar la plenitud de su ser, su vocación más alta: ser santos.
            El Reino de Dios no es conquista, es don, es regalo gratuito entregado por Dios al hombre, es realidad misteriosa que transforma desde la raíz toda experiencia humana y la endereza para que ayude a la salvación. El Reino de Dios para quien lo encuentra, no es un valor  relativo, no depende de consensos meramente humanos o terrenos, no, el Reino es un valor absoluto, por el cual vale la pena renunciar a todo lo que se tiene.
            Esa es la principal idea de las parábolas del tesoro escondido en el campo y de la perla de gran valor. Nada es más importante que obtener ese tesoro y esa perla, porque su valor colma todas las expectativas y anhelos, satisface plenamente las esperanzas guardadas en el corazón al punto de restar valor a todo lo demás, porque si se posee ese tesoro, si se posee esa perla, se posee todo.
            El signo más claro del valor absoluto del Reino de Dios y de su hallazgo verdadero, es la alegría, alegría que entusiasma de manera permanente a quien la experimenta, moviéndolo a hacer grandes obras. Muchos han encontrado ya ese tesoro escondido y esa perla de gran valor, unos de una manera fortuita como el campesino que encontró el tesoro y otros buscando minuciosamente como el comerciante de perlas finas. De ellos podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que en la experiencia del Reino, de su hallazgo y de su vivencia, no dejan de gozar la alegre novedad de su bondad y la antigua promesa hecha realidad.
            El Reino de Dios esta más cerca de lo que pensamos, porque su semilla ha sido esparcida a manos llenas por el divino sembrador en el mundo entero. Lo único que falta son buscadores incansables, intrépidos aventureros que no tengan miedo de entrar en su interior, para encontrar ahí la semilla de este Reino glorioso. Se necesitan hombres y mujeres que se atrevan a comprometerse con la causa de Cristo, y realicen permanentemente el bien en medio de un mundo que únicamente se ama así mismo.         Se necesitan ciudadanos del Reino que habiendo encontrado ese tesoro invaluable, lo entreguen todo para recibirlo todo y aún más, porque su felicidad será tan grande que se podrá compartir con todos los que los rodean impregnándolos de un sentido nuevo para sus vidas. Se necesitan verdaderos cristianos que de la abundancia de su tesoro saquen cosas nuevas y cosas antiguas para transformar la realidad de este mundo que sufre y grita de dolor.

            Pongámonos en manos de Dios y pidámosle que nos muestre su voluntad en cada momento de nuestra vida y que llenos del Espíritu Santo podamos ser junto al Señor Jesús predicadores incansables de su Reino, sobretodo con nuestras buenas obras, esas obras buenas que el nos inspira.

¡Alabado sea el nombre de Jesús!